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Morena BCS: la unidad que presumen, la guerra que practican

En Morena ya pusieron fecha al suspenso: antes de que termine agosto habrá nombre y apellido del coordinador de la 4T en Baja California Sur. Pero mientras llega la definición oficial, los equipos ya se comportan como si el resultado fuera un trámite.

Y ahí está la primera gran contradicción.

Todos hablan de unidad, de proyecto y de transformación. Todos aseguran que lo importante es Morena y que, una vez definido el coordinador, cerrarán filas. Pero basta asomarse a las redes sociales para descubrir otra realidad: los mismos que mañana tendrán que abrazar al ganador hoy se dedican a despedazar a sus compañeros.

Los equipos de Christian Agúndez, Milena Quiroga, Manuel Cota, Saúl González, Alberto “Cheto” Alvarado y Diana Von Borstel viven la recta final entre versiones, filtraciones y señales de triunfo. Cada grupo parece tener su propia encuesta, su propio resultado y, por supuesto, su propia explicación de por qué los demás están equivocados.

Un día se dice que Manuel Cota viajó a México porque ya le iban a levantar la mano. Al siguiente circula que Milena Quiroga ya fue informada de que ganó. Desde otro frente se asegura que Christian Agúndez, del PT, lidera en todas las encuestas. Cheto Alvarado y su equipo aseguran que ya rebasa los 15 puntos en las encuestas y que no paran de trabajar para competir con los punteros.

Todos saben quién ganó, menos la dirigencia que todavía no lo anuncia.

La escena sería cómica si no fuera políticamente delicada.

Porque la obsesión por vender una victoria anticipada revela algo: los equipos no solamente quieren ganar la encuesta; quieren que los demás acepten la derrota antes de que exista un resultado.

Y eso explica buena parte de la guerra digital.

Cada grupo tiene sus “soldados”, sus páginas, sus cuentas y sus operadores. Unos atacan, otros responden y otros fabrican versiones que después circulan como verdades. La política interna se convirtió en una competencia por ver quién destruye primero al adversario de casa.

Pero aquí aparece la contradicción que debería preocupar a Morena y sus aliados:

¿Cómo pueden pedir unidad después de haber convertido a sus propios compañeros en enemigos?

No se puede convocar a la reconciliación el lunes después de haber pasado el domingo incendiando las redes.

No se puede hablar de “proyecto colectivo” después de semanas de campañas negras.

No se puede exigir disciplina al perdedor cuando durante la contienda se le trató como traidor, incompetente o adversario político.

Y tampoco se puede pretender que la fotografía de unidad del día siguiente borre lo que ocurrió durante la batalla.

Porque las redes tienen memoria.

Los grupos también.

Y los agravios, todavía más.

En ese escenario, Saúl González parece haber entendido algo que otros han olvidado: mientras algunos están ocupados en demostrar que ya ganaron, él recorre Baja California Sur buscando crecer en las mediciones.

No necesita proclamar la victoria cada mañana.

En política, el territorio suele ser más persistente que el ruido digital.

Diana Von Borstel enfrenta, en cambio, el panorama más complicado. Su posicionamiento parece menor frente a quienes concentran la disputa principal y su mejor posibilidad podría terminar estando en el reacomodo posterior. No necesariamente en ganar, sino en conservar capacidad de negociación.

Pero el verdadero examen será para los demás.

Porque si Morena quiere llegar fuerte a 2027, tendrá que responder una pregunta que hoy nadie quiere hacerse:

¿Qué pasa el día después de que uno de ellos pierda?

¿Los operadores que hoy insultan al adversario se convertirán mágicamente en promotores de unidad?

¿Los que hoy difunden campañas negras mañana pedirán trabajar juntos?

¿Los que aseguran que solamente su candidato puede ganar aceptarán que otro encabece el proyecto?

¿O la unidad será, como tantas veces, una palabra bonita para el discurso y una promesa olvidada cuando termina el reparto?

Ahí está la verdadera contradicción.

Todos quieren ganar en nombre de la 4T, pero algunos parecen estar dispuestos a incendiar la 4T con tal de que no gane el de enfrente.

Y eso puede ser mucho más peligroso que perder una encuesta.

Porque una encuesta se pierde una noche.

Una fractura interna puede costar una elección completa.

Agosto traerá el nombre del coordinador.

Pero el verdadero resultado de esta contienda se conocerá después: cuando el ganador tenga que llamar a la puerta de quienes hoy lo atacan y cuando los derrotados tengan que decidir si su lealtad era con un proyecto político o únicamente con su propia candidatura.

Ahí no habrá encuesta que valga.

Ahí se sabrá quién estaba por la transformación y quién solamente estaba por el poder.

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