En Baja California Sur solemos presumir indicadores económicos que colocan a la entidad entre las de mayor crecimiento del país. Los Cabos rompe récords en turismo, la inversión inmobiliaria no se detiene y las cifras de ocupación hotelera alimentan un discurso de prosperidad. Sin embargo, basta recorrer las colonias populares de Cabo San Lucas, San José del Cabo, La Paz, Comondú o Mulegé para descubrir una realidad muy distinta: las tiendas de la esquina sobreviven, pero cada día con mayor dificultad.
El desarrollo económico tiene dos velocidades. Una es la de los grandes complejos turísticos y las cadenas comerciales; la otra es la del pequeño comerciante que abre su cortina antes del amanecer y la baja entrada la noche, esperando que las ventas alcancen para pagar la luz, surtir mercancía y llevar algo a casa.
La tiendita del barrio se ha convertido en el termómetro más confiable de la economía familiar.
Y ese termómetro hoy marca fiebre.
La más reciente encuesta de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC) confirma lo que miles de tenderos viven diariamente: la inflación y la inseguridad se han convertido en sus dos peores clientes.
La inflación no sólo encarece los productos; también reduce el poder adquisitivo de quienes llegan al mostrador. El consumidor compra menos, sustituye marcas, elimina productos considerados “de lujo” y, en muchos casos, pide fiado porque el salario simplemente ya no alcanza.

En Baja California Sur el fenómeno es todavía más severo.
La dependencia del transporte terrestre y marítimo hace que prácticamente todo llegue desde el centro del país. Cada incremento en combustibles, peajes o logística termina reflejándose en el precio del huevo, la leche, el pan, el aceite o las tortillas. El costo de vivir en un estado peninsular siempre termina pagándolo el consumidor… y también el tendero.
La ANPEC revela que nueve de cada diez pequeños comercios tuvieron que aumentar precios durante este año.
Pero hacerlo tampoco garantiza sobrevivir.
Muchos propietarios prefieren reducir al mínimo sus ganancias antes que perder clientes que durante años han sostenido el negocio familiar.
A ese escenario económico se suma un enemigo mucho más peligroso: la delincuencia.
El robo hormiga, los asaltos, la extorsión y la corrupción representan pérdidas permanentes para negocios cuya utilidad diaria, en ocasiones, apenas supera unos cuantos cientos de pesos.
En diversas regiones del país, incluso organizaciones criminales han comenzado a controlar la distribución de productos básicos, imponiendo proveedores, precios y condiciones comerciales.
Baja California Sur todavía no enfrenta esa realidad con la intensidad observada en otras entidades, pero sería un grave error pensar que estamos inmunes.
Los Cabos registra uno de los mayores crecimientos poblacionales de México. Miles de familias llegan cada año buscando oportunidades laborales, pero el crecimiento urbano no siempre va acompañado de infraestructura, seguridad y desarrollo social.

Las colonias crecen más rápido que los servicios públicos.
Donde falta Estado, aparecen problemas.
Y quien primero los resiente es el pequeño comerciante.
Las tiendas de barrio son mucho más que un punto de venta. Funcionan como centros de convivencia, generan empleo familiar, ofrecen crédito informal cuando nadie más lo hace, ayudan a los vecinos durante emergencias y mantienen viva una economía de proximidad que difícilmente puede sustituirse por una gran cadena comercial.
Cuando desaparece una tiendita, el barrio pierde mucho más que un establecimiento.
Pierde un espacio de confianza.
Pierde un vecino.
Pierde identidad.
Paradójicamente, mientras las grandes cadenas cuentan con economías de escala, acceso a financiamiento, sofisticados sistemas de seguridad y capacidad para negociar mejores precios con proveedores, el tendero enfrenta solo cada incremento en la tarifa eléctrica, cada aumento en el costo del transporte y cada amenaza derivada de la inseguridad.
No existe igualdad de condiciones.
Por eso resulta indispensable que las políticas públicas dejen de concentrarse exclusivamente en atraer grandes inversiones y comiencen también a fortalecer al comercio tradicional.

Programas de financiamiento accesible, incentivos fiscales, tarifas eléctricas diferenciadas para pequeños negocios, capacitación tecnológica, cámaras de videovigilancia subsidiadas y estrategias efectivas de seguridad podrían marcar la diferencia entre sobrevivir o bajar definitivamente la cortina.
Porque detrás de cada tienda de la esquina hay una familia completa.
Hay hijos estudiando.
Hay adultos mayores.
Hay historias construidas durante décadas.
En un estado como Baja California Sur, donde el crecimiento económico suele medirse por el número de turistas o la construcción de nuevos hoteles, quizá ha llegado el momento de mirar hacia las colonias.
Porque el verdadero desarrollo no se refleja únicamente en las zonas hoteleras.
También se mide por la capacidad que tiene una madre o un padre para mantener abierta la pequeña tienda que durante años ha dado vida a su comunidad.
Si las tienditas desaparecen, no sólo perderemos comercios.
Perderemos una parte esencial del tejido social que sostiene a nuestros barrios.
Y reconstruir eso será mucho más costoso que cualquier programa de apoyo económico.



