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La Tierra se mueve: ¿qué está pasando con el planeta?

Hay momentos en los que la coincidencia de los acontecimientos naturales termina por despertar una pregunta inevitable: ¿qué está pasando con nuestro planeta?

En las últimas semanas, las noticias parecen llegar desde distintos puntos del mundo con una misma palabra: terremotos.

Japón ha vuelto a sentir la fuerza de la tierra. Venezuela sufrió en junio una poderosa secuencia sísmica, con movimientos de magnitudes 7.2 y 7.5 que provocaron daños y deslizamientos. México también ha registrado actividad sísmica importante y, este lunes 10 de agosto, Colombia volvió a estremecerse con un terremoto de magnitud 7.4 en el departamento del Chocó, un movimiento que fue sentido ampliamente y que dejó daños, personas atrapadas y víctimas mortales según los primeros reportes.

Y mientras el suelo se sacude, los volcanes tampoco parecen guardar silencio.

El Etna, en Italia, ha presentado actividad eruptiva, mientras el Stromboli mantiene actividad explosiva; en Guatemala, el volcán de Fuego ha continuado registrando explosiones y emisiones de ceniza.

En Baja California Sur tampoco somos ajenos a esta realidad. Los Cabos se encuentra en una región geológicamente activa y los habitantes han aprendido, muchas veces por experiencia propia, que la tranquilidad de la tierra puede cambiar en cuestión de segundos.

Entonces aparece la pregunta que circula en redes sociales, en las conversaciones familiares y entre quienes observan estos fenómenos con preocupación:

¿La Tierra está entrando en una etapa de mayor actividad?

La respuesta científica, por ahora, es mucho menos espectacular que algunos mensajes que circulan en internet.

No existe evidencia científica que permita afirmar que todos estos terremotos y erupciones formen parte de un mismo fenómeno global o que la Tierra esté a punto de experimentar algún evento extraordinario. Los terremotos ocurren por el movimiento de las placas tectónicas y se concentran especialmente en regiones donde esas placas chocan, se separan o se deslizan unas respecto de otras.

El planeta no está quieto.

Nunca lo ha estado.

La corteza terrestre es apenas una delgada capa sobre un planeta dinámico, donde enormes bloques rocosos se desplazan lentamente durante millones de años. Lo que para nosotros parece una superficie inmóvil, en realidad está sometida permanentemente a fuerzas geológicas.

El problema es que ahora nos enteramos de todo y prácticamente en tiempo real.

Un terremoto en Colombia aparece inmediatamente en nuestros teléfonos. Un volcán en Italia es transmitido por redes sociales. Las imágenes de una erupción en Guatemala recorren el mundo en minutos. Un temblor en Japón se convierte rápidamente en noticia internacional.

La percepción de que “todo está ocurriendo al mismo tiempo” también está relacionada con nuestra capacidad tecnológica para observar y comunicar lo que sucede.

Pero eso no significa que debamos ignorar las señales.

Al contrario.

Si algo nos están recordando estos acontecimientos es que la naturaleza no necesita permiso para recordarnos quién manda.

Colombia nos lo volvió a demostrar este lunes.

Venezuela lo vivió en junio.

México conoce perfectamente esa historia.

Y Los Cabos, aunque muchas veces se perciba como una tierra tranquila, tampoco está fuera del mapa geológico.

Por eso, más que preguntarnos si “el planeta está enojado”, deberíamos preguntarnos si nosotros estamos preparados.

¿Tenemos viviendas adecuadamente construidas?

¿Sabemos qué hacer durante un terremoto?

¿Tenemos identificadas las zonas seguras?

¿Las autoridades cuentan con protocolos actualizados?

¿Las familias tienen un plan de emergencia?

¿Sabemos distinguir una información científica de una cadena alarmista de redes sociales?

Esas son las preguntas verdaderamente importantes.

Porque los terremotos no pueden predecirse con precisión. Nadie puede decir seriamente que tal día, a tal hora y en determinado lugar ocurrirá un gran terremoto. Quien promete hacerlo está vendiendo miedo, no ciencia.

Lo que sí podemos hacer es prepararnos.

La actividad sísmica y volcánica que observamos alrededor del mundo no necesariamente significa que la Tierra esté entrando en una etapa extraordinaria. Pero sí constituye un recordatorio permanente de que vivimos sobre un planeta geológicamente activo.

Y quizá esa sea la verdadera lección.

No se trata de tener miedo de la Tierra.

Se trata de respetarla.

Porque mientras nosotros discutimos, construimos ciudades, levantamos edificios y trazamos carreteras como si el suelo fuera completamente inmóvil, debajo de nuestros pies continúan moviéndose las enormes placas que han moldeado continentes, montañas, océanos y volcanes durante millones de años.

La Tierra no está despertando.

La Tierra nunca estuvo dormida.

Somos nosotros quienes, de vez en cuando, volvemos a recordar que vivimos sobre ella.

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