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Abandonar, encadenar o maltratar a un animal también dice mucho de quien lo hace

El perro que mueve la cola mientras lo abandonan no sabe de maldad; la maldad la pone quien lo deja

Hay algo profundamente perturbador en el maltrato animal: el animal no entiende por qué lo lastiman.

Un perro puede ser golpeado, encadenado, abandonado o dejado bajo temperaturas insoportables y, aun así, cuando su dueño se acerca, mueve la cola.

No guarda rencor.

No planea vengarse.

No entiende de traiciones.

Confía.

Y quizá esa sea la parte más cruel de todas.

Porque mientras un perro puede seguir esperando durante horas a la persona que lo abandonó, hay seres humanos capaces de subirlo a un automóvil, llevarlo lejos de casa y dejarlo tirado en medio de la nada.

El animal todavía puede pensar que su dueño regresará.

El humano sabe perfectamente lo que está haciendo.

Y ahí está la diferencia.

En Los Cabos, el maltrato animal dejó de ser una anécdota para convertirse en un problema que la sociedad ya no puede seguir ignorando.

Perros encadenados durante horas bajo el sol.

Animales sin agua y sin sombra cuando el termómetro supera los 40 grados.

Mascotas confinadas en azoteas.

Perros abandonados en colonias, carreteras y caminos alejados de las poblaciones.

Animales enfermos que nunca reciben atención veterinaria.

Y también historias todavía más brutales: animales golpeados, quemados o sometidos a actos de violencia que ningún ser vivo debería soportar.

La pregunta es inevitable:

¿Qué tiene que ocurrir dentro de una persona para que pueda hacerle eso a un animal que depende completamente de ella?

No hay pobreza que justifique la crueldad.

No hay falta de tiempo que justifique el abandono.

No hay mudanza que justifique dejarlo a su suerte.

No hay vacaciones que expliquen abandonar a una mascota.

Y tampoco existe una excusa para encadenar permanentemente a un perro y condenarlo a vivir bajo el sol como si fuera un objeto olvidado.

Quien no puede hacerse responsable de un animal tiene alternativas.

Puede buscarle otro hogar.

Puede pedir ayuda.

Puede acudir a organizaciones protectoras.

Puede buscar una familia responsable.

Lo que no puede hacer —o no debería hacer una persona con un mínimo de conciencia— es abandonarlo como si fuera basura.

El CABA no puede ser la solución a nuestra falta de conciencia

En Los Cabos avanza la construcción del primer Centro de Atención y Bienestar Animal. La obra registra alrededor de 80 por ciento y se prevé que concluya a finales de septiembre.

Será un espacio necesario para atender, resguardar y brindar atención médica a perros, gatos y otros animales, además de impulsar campañas de esterilización.

Pero sería ingenuo pensar que un edificio resolverá un problema que comienza dentro de los hogares.

El CABA puede rescatar.

Puede atender.

Puede esterilizar.

Puede proteger.

Pero no puede educar a cada persona que decide comprar un perro sin comprender lo que significa tener una responsabilidad durante 10, 12 o 15 años.

Tampoco puede estar detrás de cada azotea.

Ni en cada patio.

Ni en cada carretera donde alguien abandona a escondidas al animal que alguna vez llamó “su mascota”.

Por eso la discusión debe ser mucho más profunda.

No se trata únicamente de construir refugios. Se trata de construir conciencia.

Y eso comienza en las familias, en las escuelas y en las comunidades.

Una sociedad también se mide por cómo trata a los indefensos

Hay quienes todavía dicen: “Es sólo un perro”.

No.

No es “sólo un perro”.

Es un ser vivo.

Siente dolor.

Siente miedo.

Tiene hambre.

Tiene sed.

Se enferma.

Extraña.

Y, sobre todo, desarrolla vínculos afectivos con quienes lo rodean.

Un perro puede esperar durante horas detrás de una puerta.

Puede reconocer el sonido del automóvil de su dueño.

Puede celebrar su regreso después de unos minutos.

Puede permanecer junto a una persona enferma.

Puede acompañar a un niño.

Puede defender una casa.

Puede convertirse en parte de una familia.

Y después de todo eso, hay humanos capaces de abandonarlo.

¿Quién está fallando entonces: el perro o nosotros?

La respuesta es evidente.

El abandono también es violencia

Hay que decirlo sin eufemismos: abandonar a un animal es una forma de violencia.

Dejarlo en una carretera no es “buscarle un lugar”.

Dejarlo en una azotea no es “tenerlo en casa”.

Mantenerlo encadenado permanentemente no es “cuidarlo”.

Y dejarlo sin agua bajo un sol de más de 40 grados no es negligencia menor.

Es crueldad.

Y una sociedad que normaliza esa crueldad termina acostumbrándose a ella.

Por eso también deben existir consecuencias.

Quien maltrata debe ser denunciado.

Quien abandona debe responder.

Las autoridades deben actuar.

Las denuncias ciudadanas deben ser atendidas.

Y las leyes deben dejar de ser letra muerta.

Porque mientras el agresor sepa que probablemente no ocurrirá nada, el maltrato continuará.

No compres una vida que no estás dispuesto a cuidar

Tal vez también debamos cuestionar la cultura de regalar animales como si fueran objetos.

Un cachorro puede parecer el regalo perfecto.

Hasta que crece.

Hasta que requiere vacunas.

Hasta que enferma.

Hasta que necesita alimento todos los días.

Hasta que alguien descubre que tener una mascota implica responsabilidad.

Entonces aparecen los abandonos.

Por eso la decisión de tener un animal debe ser consciente.

No se adopta una mascota para unos meses. Se asume una responsabilidad por años.

Y si no se está dispuesto a asumirla, lo más responsable es no tenerla.

La verdadera prueba de humanidad

Los Cabos necesita un Centro de Atención y Bienestar Animal.

Pero necesita mucho más que eso.

Necesita ciudadanos capaces de denunciar.

Autoridades dispuestas a actuar.

Campañas permanentes de esterilización.

Educación desde las escuelas.

Responsabilidad desde los hogares.

Y sanciones para quienes convierten la vida de un animal en un infierno.

Porque una sociedad no demuestra su grandeza por la cantidad de edificios que construye, los hoteles que inaugura o los millones de turistas que recibe.

También se mide por cómo trata a quienes no pueden defenderse.

Y un perro abandonado no puede hablar.

No puede pedir justicia.

No puede señalar al responsable.

No puede explicar cuánto le duele.

Sólo puede mirar.

Esperar.

Y mover la cola.

Incluso frente a la persona que lo traicionó.

Quizá por eso deberíamos sentir vergüenza.

Porque mientras algunos humanos han perdido la capacidad de sentir compasión, los animales siguen ofreciéndonos una lección elemental de lealtad.

El problema nunca fueron los perros.

El problema es la crueldad humana.

Y mientras sigamos llamando “mascota” a un animal al que no estamos dispuestos a cuidar, proteger y respetar hasta el final de su vida, seguiremos teniendo un problema que ningún centro de bienestar animal podrá resolver por nosotros.

Porque rescatar animales es una obligación.
Pero dejar de maltratarlos debería ser un principio de humanidad.

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