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Luis Cárdenas y el peligro de un país donde las voces críticas comienzan a desaparecer

Hay salidas que pertenecen a la vida normal de una empresa. Y hay otras que, por el contexto político en que ocurren, inevitablemente adquieren un significado mucho más profundo.

La de Luis Cárdenas de MVS Noticias pertenece a esta última categoría.

Después de 16 años al frente de uno de los espacios informativos más influyentes de la radio mexicana, su despedida no sólo representa el fin de un ciclo profesional. También vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que México lleva demasiado tiempo evitando responder con honestidad: ¿qué tan libre puede ser el periodismo cuando el poder convierte la crítica en un acto de confrontación?

Cárdenas ha sido prudente. No ha denunciado censura. No ha acusado al Gobierno de haber exigido su salida. Incluso ha reiterado que jamás recibió una llamada de Palacio Nacional ni una instrucción para modificar el contenido de su programa.

Es importante decirlo porque los hechos importan.

Pero también importa el contexto.

Porque la libertad de expresión no siempre muere mediante un decreto. Tampoco necesita policías clausurando redacciones o funcionarios ordenando despidos. En las democracias contemporáneas, el método suele ser mucho más sofisticado.

Basta con construir un ambiente donde ejercer el periodismo crítico tenga un costo cada vez mayor.

Un clima donde el periodista incómodo sea convertido en adversario político; donde desde la tribuna presidencial o desde las redes sociales se cuestione sistemáticamente la credibilidad de los medios; donde el linchamiento digital sustituya al debate y donde la presión económica, política y social termine haciendo el resto.

La censura del siglo XXI pocas veces se presenta como censura.

Se disfraza de desgaste.

Por eso la salida de Luis Cárdenas trasciende el ámbito empresarial. No porque existan pruebas de una intervención gubernamental directa —no las hay y sería irresponsable afirmarlo—, sino porque ocurre en un país donde la relación entre el poder y la prensa crítica se ha deteriorado de manera evidente durante los últimos años.

La narrativa oficial ha dividido al país entre “los buenos” y “los adversarios”. En esa lógica, los periodistas dejan de ser observadores del poder para convertirse en sospechosos permanentes.

Y cuando el periodismo comienza a ser tratado como oposición política, la democracia empieza a perder uno de sus contrapesos más importantes.

Lo preocupante no es únicamente el caso de Luis Cárdenas.

Es el mensaje que reciben cientos de reporteros, conductores y editores en todo el país: cuestionar al poder puede significar convertirse en blanco de campañas de descalificación, insultos organizados, amenazas digitales y un desgaste profesional constante.

No hace falta prohibir una pregunta.

Basta con hacer que preguntar resulte demasiado caro.

Sin embargo, sería un error reducir toda esta discusión a la responsabilidad del Gobierno.

El propio Cárdenas lanzó una crítica que el gremio periodístico haría mal en ignorar. Reconoció que buena parte de los medios tradicionales también contribuyeron a su propia crisis al encerrarse en el llamado “círculo rojo”, alejándose de las preocupaciones reales de millones de mexicanos.

Tiene razón.

La revolución digital no derrotó únicamente a los periódicos o a la radio. También exhibió las limitaciones de un periodismo que, durante años, habló más entre élites que con la sociedad.

Mientras los ciudadanos buscaban respuestas sobre seguridad, salud, inflación, empleo o servicios públicos, muchos medios seguían atrapados en las guerras internas del poder político.

Las audiencias simplemente dejaron de escucharlos.

La libertad de expresión necesita periodistas independientes, pero también periodismo relevante.

La credibilidad no se decreta; se conquista todos los días.

Y esa es quizá la mayor lección que deja este episodio.

Los gobiernos democráticos deben entender que la crítica no es una amenaza, sino una condición indispensable para gobernar mejor. Quien busca unanimidad no fortalece la democracia; la debilita.

Pero los medios también deben aceptar que la independencia editorial no basta si pierden la confianza de quienes dicen representar.

Hoy, México enfrenta un desafío mayor que la salida de un conductor de radio.

Se encuentra ante la disyuntiva de decidir si quiere un ecosistema informativo plural, incómodo y libre, o uno donde el costo de disentir sea tan alto que muchos opten por el silencio.

Porque las democracias no empiezan a deteriorarse cuando cierran los periódicos.

Empiezan a deteriorarse cuando las voces críticas desaparecen poco a poco y la sociedad termina acostumbrándose a que eso ocurra.

Y el día en que el periodismo deje de incomodar al poder, no será porque el poder se haya vuelto transparente.

Será porque el miedo habrá aprendido a hablar más fuerte que la libertad.

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