
La muerte dejó de ser un rumor en Sinaloa para convertirse en un contenido más de las redes sociales. Ya no basta con leer la noticia; ahora puede verse en tiempo real. La ejecución de César Gastélum, transmitida prácticamente en vivo mientras se encontraba afuera de un restaurante en el Desarrollo Urbano Tres Ríos, a escasos metros de la Fiscalía General del Estado, simboliza el fracaso de un Estado que observa cómo la violencia se reproduce frente a las cámaras sin poder impedirla.
No fue un hecho aislado. Fue el episodio más reciente de una cadena de asesinatos que ha convertido a los creadores de contenido en un nuevo rostro de la guerra entre las facciones de “Los Chapitos” y “Los Mayos”. Una guerra que ya no sólo disputa rutas de trasiego o territorios, sino también la narrativa, la imagen y el poder simbólico que circula en las redes sociales.
El saldo resulta devastador.
Juan Carlos, conocido como “El Chilango”, fue uno de los primeros. Vendía dulces en las calles de Culiacán y documentaba su jornada en TikTok hasta que fue asesinado en octubre de 2024.
Un mes después fueron ejecutados Gerardo Moya “El Jerry” y Jesús Miguel Vivanco “El Jasper”, quienes compartían con miles de seguidores un estilo de vida marcado por automóviles deportivos y artículos de lujo.
Antes de terminar ese mismo año cayó Leovardo Aispuro Soto, “El Gordo Peruci”, identificado por sus colaboraciones con el grupo musical Los Toyz, una agrupación señalada públicamente por su cercanía con integrantes de Los Chapitos.
En 2025 la violencia continuó sin tregua. Adalberto Peña “El Tata”, dedicado al contenido de acondicionamiento físico, fue asesinado dentro de un gimnasio en el mismo sector Tres Ríos. Poco después desapareció Víctor Manuel, “El Brasileño” o “Vitolias”, cuyo cuerpo fue localizado días más tarde.

Ahora la lista suma a César Gastélum, asesinado con un disparo en la cabeza mientras realizaba una transmisión en vivo. Las imágenes recorrieron el país en cuestión de minutos, confirmando que en Sinaloa la muerte también se consume por streaming.
La violencia alcanzó igualmente a quienes rodeaban ese ecosistema digital. En diciembre de 2024 fue asesinado Adrián Antonio López Iribe, hermano del creador de contenido conocido como “El Compa Camarón”, quien optó por abandonar Sinaloa. La empresaria e influencer “La Nicholett” sobrevivió a un secuestro y recuperó su libertad sólo después de aparecer en un video en el que, bajo condiciones que nunca quedaron plenamente esclarecidas, fue obligada a hacer declaraciones sobre presuntos vínculos con un grupo criminal.
El patrón resulta imposible de ignorar.
Algunos de estos creadores fueron señalados públicamente, mediante volantes distribuidos en Culiacán, de mantener presuntos vínculos con una de las facciones del crimen organizado. Hasta hoy, esos señalamientos no equivalen a sentencias judiciales. Pero en un territorio donde la justicia suele llegar tarde —o simplemente no llega— basta una sospecha, un video, una fotografía o una amistad para convertirse en objetivo.
La tragedia no consiste únicamente en que varios influencers hayan sido asesinados. Lo verdaderamente alarmante es que el crimen organizado parece haber comprendido antes que las propias autoridades el valor estratégico de las redes sociales. Quien domina la conversación pública también proyecta poder. Los videos, las canciones, los automóviles de lujo y las transmisiones en vivo forman parte de una narrativa donde la violencia busca normalizarse y exhibir su capacidad para imponer miedo.

Mientras tanto, el Estado sigue llegando después de los disparos.
Resulta difícil aceptar que varios de estos homicidios hayan ocurrido en una de las zonas con mayor presencia institucional de Culiacán, incluyendo el sector Tres Ríos, donde se concentran dependencias públicas y corporaciones de seguridad. La cercanía física con las autoridades no ha significado protección alguna.
Quizá la mayor derrota sea otra: miles de jóvenes siguen creyendo que la fama digital es un salvoconducto hacia el éxito, cuando en Sinaloa la exposición pública puede convertirse en una sentencia de muerte. El algoritmo premia la visibilidad; el crimen organizado castiga cualquier protagonismo que considere incómodo, útil o simplemente sospechoso.
La guerra del narcotráfico ya no sólo deja fosas clandestinas, desplazados o enfrentamientos armados. También está construyendo un cementerio de influencers. Un lugar donde los seguidores permanecen, pero los creadores desaparecen.
Y mientras los videos continúan acumulando reproducciones, México sigue acumulando nombres.


