
Hay una máxima en la política que suele olvidarse cuando se está en el poder: las elecciones no las gana quien más votos tiene, sino quien logra sumar más.
En Morena, particularmente en Baja California Sur, hay quienes parecen convencidos de que ya no necesitan a nadie. Hablan de la marca como si fuera invencible. Miran las encuestas nacionales, observan el tamaño de su estructura y concluyen que el Partido del Trabajo y el Partido Verde son simples acompañantes de un proyecto que puede caminar solo.
El problema es que están viendo el árbol, pero no el bosque.
Tienen razón en una cosa: ni el PT ni el PVEM, por sí mismos, ganarían una elección para gobernador. Nadie sostiene seriamente lo contrario.
Pero también es cierto que, cuando las contiendas se definen por pocos puntos porcentuales, esos partidos son precisamente los que terminan marcando la diferencia entre la victoria y la derrota.
Las matemáticas electorales no entienden de soberbia.
Basta revisar la elección de 2021 en Baja California Sur. Víctor Castro Cosío no llegó únicamente con los votos de Morena. Lo hizo gracias a una coalición que integró con el PT. El propio gobernador lo reconoció en distintos actos públicos, donde agradeció expresamente al Partido del Trabajo por el respaldo electoral que ayudó a convertirlo en mandatario estatal.

Hoy pareciera que algunos de sus propios compañeros olvidaron aquella historia.
La narrativa que impulsa el sector más duro del morenismo es sencilla: “ya no los necesitamos”. Es el mismo razonamiento que, en distintos momentos, llevó al PRI a romper con antiguos aliados, al PAN a subestimar a partidos locales y al PRD a creer que su voto duro era suficiente.
Todos terminaron aprendiendo la misma lección.
Ningún partido es invencible.
Mucho menos uno que ya gobierna.
Porque gobernar desgasta.
Y Morena comienza a experimentar el costo natural del poder.
Ya no representa la esperanza del cambio. Ahora carga con la responsabilidad de resolver problemas que hace ocho años denunciaba desde la oposición.
La inseguridad continúa ocupando la agenda nacional.
La economía enfrenta incertidumbre.
Las tensiones diplomáticas con Estados Unidos aumentan.

Las decisiones del presidente Donald Trump —desde el endurecimiento comercial mediante aranceles hasta el tratamiento del crimen organizado mexicano como un asunto prioritario de seguridad nacional— inevitablemente generan presión política sobre el gobierno federal. Esa presión, tarde o temprano, termina alcanzando a los gobiernos estatales y municipales identificados con la misma fuerza política.
En Baja California Sur el panorama tampoco luce sencillo.
Las fracturas internas dentro de Morena ya no se esconden.
Los grupos políticos libran una disputa silenciosa por las candidaturas de 2027.
Los liderazgos regionales se confrontan.
Los aliados observan con creciente incomodidad.
Y aun así, algunos insisten en que basta la marca Morena para volver a ganar.
Quizá sea el error de cálculo más peligroso que puedan cometer.
Porque existe un escenario que pocos quieren discutir.
¿Qué ocurriría si los dos personajes mejor posicionados en diversas mediciones rumbo a la gubernatura —Christian Agúndez y Manuel Cota— decidieran construir un proyecto distinto al de Morena?
La sola posibilidad obliga a hacer cuentas.
No sería la primera vez que ocurre.

En 1999, dos figuras que provenían de otra historia política, Leonel Cota Montaño y Narciso Agúndez Montaño, encabezaron una alianza que parecía imposible y terminaron desalojando al PRI del Palacio de Gobierno, después de décadas de dominio político.
Aquella elección modificó para siempre la historia política sudcaliforniana.
Las alternancias suelen comenzar cuando el partido gobernante deja de escuchar y empieza a creerse invencible.
La historia política mexicana está llena de esos momentos.
Los partidos no caen porque la oposición sea extraordinaria.
Caen porque dejan de entender la realidad.
Porque sustituyen la operación política por la arrogancia.
Porque confunden los aplausos internos con el respaldo ciudadano.
Y porque terminan peleándose con quienes ayer les ayudaron a ganar.
Morena todavía está a tiempo de evitar ese camino.
Pero para lograrlo tendrá que recordar una verdad elemental: los aliados no estorban cuando las elecciones se complican; los aliados hacen la diferencia.
Especialmente cuando el desgaste del poder comienza a pasar factura.
El 2027 no será una repetición de 2018 ni de 2021.
Será una elección completamente distinta.
Y en política, las victorias del pasado jamás garantizan las del futuro.
Quien crea lo contrario corre el riesgo de despertar la mañana siguiente descubriendo que aquello que parecía un triunfo asegurado terminó convertido en una derrota anunciada.
Porque, al final, la política siempre cobra las facturas de la soberbia.


