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Prohibido enfermarse en CSL; hospitales colapsados de pacientes; Bomberos suspende servicio de ambulancias

Hay frases que retratan mejor una crisis que cualquier discurso oficial. Una de ellas fue escrita por el propio Cuerpo de Bomberos de Cabo San Lucas: “Se suspende el servicio prehospitalario en ambulancia hasta nuevo aviso”.

No fue una amenaza, tampoco una protesta sindical. Fue un grito de auxilio.

Cuando una corporación de emergencias decide detener el traslado de pacientes porque el hospital simplemente ya no puede recibirlos, significa que el sistema de salud ha llegado a un punto crítico. Significa que la emergencia ya no está dentro del hospital; la emergencia es el hospital.

Durante días, paramédicos han permanecido con pacientes durante horas dentro de las ambulancias esperando que alguien los reciba. Mientras tanto, esas unidades dejan de atender accidentes, infartos, personas con dificultad para respirar o cualquier otra urgencia que ocurra en la ciudad. Una ambulancia inmovilizada en el estacionamiento de un hospital es una ambulancia que no puede salvar otra vida.

Lo preocupante es que esto no ocurre por un desastre natural ni por una epidemia inesperada. Es consecuencia de decisiones gubernamentales que ampliaron la atención médica para toda la población sin fortalecer al mismo tiempo la infraestructura hospitalaria, el personal, el equipamiento y la capacidad operativa.

La intención de brindar atención universal puede ser correcta. Lo irresponsable es hacerlo sin preparar los hospitales para soportar la demanda.

Las imágenes difundidas en los últimos días son contundentes: pacientes acostados en pasillos, personas esperando atención durante horas en salas saturadas y enfermos permaneciendo dentro de ambulancias porque simplemente no existe espacio para recibirlos. Son escenas que recuerdan sistemas colapsados, no un modelo de salud fortalecido.

Mientras la realidad golpea todos los días a médicos, enfermeras, paramédicos y ciudadanos, desde los discursos oficiales se insiste en presentar un panorama distinto. Se repite que México cuenta con un sistema de salud comparable con el de Suiza, mientras en Baja California Sur las ambulancias hacen fila para entregar pacientes.

No hace falta debatir estadísticas cuando la evidencia está frente a los ojos.

La salud pública no puede sostenerse únicamente con anuncios, conferencias o campañas propagandísticas. Se sostiene con camas disponibles, médicos suficientes, medicamentos, quirófanos funcionando y hospitales capaces de responder cuando alguien marca al 911.

Lo ocurrido en Cabo San Lucas debería encender todas las alarmas. No se trata únicamente de un problema del IMSS-Bienestar ni del Hospital General. Es una señal de que el sistema completo está siendo rebasado por una demanda para la que nunca fue preparado.

Y cuando un sistema de salud colapsa, las consecuencias no distinguen entre derechohabientes y población abierta. El siguiente paciente que necesite atención urgente puede ser cualquiera.

Los gobiernos tienen la obligación de reconocer la magnitud del problema antes de que la saturación termine costando más vidas. Negar la crisis no libera una cama, no contrata un médico, no abre un quirófano y mucho menos reduce los tiempos de espera.

Porque mientras el discurso presume un sistema de salud de primer mundo, en Cabo San Lucas la realidad es mucho más dura: las ambulancias esperan turno para salvar vidas.

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