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El balón y el poder por BCS: dos escenarios donde no todos juegan el mismo partido

Cuando el Mundial también retrata la política sudcaliforniana

Hay quienes llegan a un Mundial para levantar la copa y quienes únicamente buscan salir en la fotografía. En política ocurre exactamente lo mismo.

El fútbol y la política comparten más similitudes de las que muchos estarían dispuestos a reconocer. Basta observar lo que dejó el Mundial 2026 para entender cómo también se mueve el tablero rumbo a la sucesión gubernamental en Baja California Sur.

En la Copa del Mundo hubo selecciones que llegaron con argumentos futbolísticos para disputar el campeonato y otras que, desde el silbatazo inicial, sabían que su aventura terminaría en la primera fase. Su verdadero premio no era deportivo, sino económico. Solo por participar accedieron a una bolsa multimillonaria; los ocho mejores, por supuesto, se llevaron una recompensa mucho mayor.

Ese es el modelo que hoy impulsa la FIFA.

La expansión del torneo de 24 a 48 selecciones —y la intención de Gianni Infantino de llevarlo hasta 68 equipos para el Mundial de 2030, que organizarán España, Marruecos y Portugal— responde menos a una lógica deportiva que a una estrategia de negocios. Más países significan más mercados, más patrocinadores, más derechos de televisión y, en consecuencia, más dinero.

El Mundial celebrado en México, Estados Unidos y Canadá rompió récords de asistencia y de ingresos. El gran campeón financiero fue la FIFA y su presidente, Gianni Infantino.

La competencia quedó en segundo plano.

Y en política sucede algo parecido.

Si trasladamos esa lógica al escenario sudcaliforniano, veremos que la carrera por la gubernatura también tiene competidores… y participantes.

No todos los que levantan la mano buscan realmente gobernar Baja California Sur. Muchos entienden perfectamente que sus posibilidades son reducidas y que la verdadera negociación llegará después: una alcaldía, una diputación local, una diputación federal o, en el peor de los casos, una regiduría.

Las propias encuestas han venido delimitando quiénes aparecen con posibilidades reales de disputar la gubernatura. Hoy, los nombres de Christian Agúndez, Manuel Cota y Milena Quiroga encabezan prácticamente todos los ejercicios demoscópicos con niveles de competitividad.

El resto, más que recorrer el estado en campaña anticipada, parece realizar turismo político.

Y no necesariamente porque desconozcan su realidad electoral. Al contrario. Son los primeros en saber dónde están parados. Pero también saben que en política muchas veces el verdadero objetivo no es ganar la gubernatura, sino mantenerse dentro del presupuesto público cuando llegue el reparto de posiciones.

Porque, al final, la política también premia a quienes saben negociar.

Así como en el fútbol moderno el negocio terminó imponiéndose sobre la competencia deportiva, en la política con frecuencia las estrategias electorales terminan imponiéndose sobre los proyectos de gobierno.

En ambos escenarios existe un protagonista indispensable que suele ser el menos escuchado: la gente.

En el estadio se llama afición.

En las urnas se llama ciudadanía.

Son ellos quienes sostienen el espectáculo, consumen el producto y, al final, deciden al ganador.

Este domingo, como buen latinoamericano, mi simpatía futbolística estará con Argentina. Los albicelestes volvieron a demostrar por qué poseen un ADN competitivo distinto. En la semifinal, al minuto 85 parecía que Inglaterra tenía el boleto asegurado; cinco minutos después, con fútbol de alta escuela, los argentinos habían escrito otra remontada memorable. Seguramente, desde donde estén, Alfredo Di Stéfano y Diego Armando Maradona sonrieron al ver que la mística sigue viva.

En política, en cambio, mi única camiseta seguirá siendo la misma de siempre: la de la voluntad popular.

Porque, más allá de encuestas, alianzas o estrategias, la última palabra siempre la tiene el pueblo.

Como suele decir Morena: con el pueblo todo; sin el pueblo, nada.

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